Escribir con inteligencia artificial — Agosto 2026

El complejo territorio de los grises 

Cuando alguien comenta que ha utilizado inteligencia artificial para escribir un texto, inmediatamente surge una pregunta acompañada de una cuota de sospecha:

Entonces, ¿lo escribiste vos o lo escribió la IA?

La pregunta parece razonable. Sin embargo, encierra una trampa: supone que solo existen dos posibilidades. De un lado, el escritor tradicional con su inspiración, conocimiento y experimentación para llenar páginas en blanco. Y del otro, alguien que da una instrucción a una máquina y recibe un texto terminado.

(Autor → texto) o (Autor → IA → texto)

La respuesta parece binaria: humano o artificial. Blanco o negro.

¿Pero es realmente así?

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Antes que la herramienta, la intención.

Quizás estamos comenzando la discusión por el lugar equivocado. Antes de preguntarnos si debemos utilizar inteligencia artificial para escribir, deberíamos responder una cuestión mucho más antigua:

¿Qué quiero escribir y para qué quiero hacerlo?

No escribimos siempre con la misma finalidad. A veces buscamos comunicar: redactamos un correo, un informe, unas instrucciones o un documento profesional. Y en estos casos especialmente importan la claridad, la precisión, la eficacia y la adecuación a determinadas convenciones.

Pero, otras veces, la escritura tiene una intención predominantemente autoral (personal): queremos contar una historia, expresar una experiencia, conservar un recuerdo, explorar una emoción, reflexionar sobre una idea, convencer, investigar, enseñar, entretener o intentar comprender algo que nos preocupa.

Son intenciones distintas, pero sin fronteras rígidas.

Un ensayo puede informar y, al mismo tiempo, revelar una mirada profundamente personal. Una crónica puede incorporar autobiografía. Una novela puede contener ensayo. Un artículo de divulgación puede llevar una voz reconocible.

De esas diferentes intenciones surgen formas también diferentes: el cuento, la novela, la poesía, las memorias, la autoficción, el ensayo, la crónica, el teatro, el guion, la divulgación y muchas otras. Hablamos de géneros que orientan, pero no son casilleros inviolables.

Y esto importa para nuestra discusión porque probablemente no tenga sentido utilizar la IA de la misma manera para escribir un correo que para construir un poema, recuperar un recuerdo personal o desarrollar una novela.

Solo después de saber aproximadamente qué queremos hacer tiene sentido preguntar:

¿Puede ayudarme la inteligencia artificial?

¿En qué y cómo nos puede ayudar?

La tecnología debería aparecer después del propósito, no antes.

Decir: «Usé IA» dice muy poco.

Un escritor puede utilizar inteligencia artificial para corregir la ortografía, pedir opciones de títulos, detectar repeticiones o mejorar la puntuación. Con seguridad existe un texto preexistente. También puede emplearla para investigar un período histórico, ordenar documentación, resumir antecedentes, analizar la estructura de un relato o descubrir una contradicción. Puede mostrarle un personaje y preguntar si resulta creíble, pedirle que critique un argumento, que adopte la posición contraria a la suya o que encuentre aquello que él no está viendo. Puede solicitar cinco finales posibles para un cuento y no utilizar ninguno.

Y también puede escribir:

Escríbeme un cuento de dos mil palabras sobre un hombre que vuelve después de treinta años a su pueblo natal.

Copiar el resultado y, sin más que una lectura liviana, publicarlo.

En todos estos casos podemos decir lo mismo: utilizó inteligencia artificial. Pero evidentemente no estamos hablando de lo mismo. Entre corregir una coma y generar una obra completa existen diferencias enormes y esas diferencias no son solo de cantidad.

Podríamos imaginar una escala engañosa:

No utiliza IA → utiliza un poco → utiliza mucho → deja que la IA escriba.

Pero esa progresión es falsa. Un escritor puede utilizar intensamente la inteligencia artificial para investigar, discutir personajes, analizar estructuras, comparar alternativas y revisar sucesivas versiones y, finalmente, escribir personalmente cada párrafo. Otro puede conocer muy poco la herramienta, introducir una sola instrucción y aceptar el texto completo que recibe. El primero utilizó mucho más la IA y mantuvo con ella un proceso iterativo. El segundo la utilizó mucho menos, pero delegó más.

Por eso conviene distinguir al menos tres cuestiones, que no son la misma cosa:

¿Cuántas posibilidades de la IA utiliza el escritor?

¿Cuánto del trabajo intelectual y creativo delega?

¿Quién conserva el control de las decisiones?

Reducir todo esto a «usar IA» o «no usar IA» impide comprender lo que realmente está sucediendo. La madurez en el uso de la IA quizá no consista en conseguir que haga cada vez más cosas por nosotros, sino en conocer cada vez mejor sus posibilidades para decidir cuáles queremos utilizar y cuáles preferimos reservarnos.

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Quizás lo verdaderamente nuevo sea la conversación.

Durante siglos, los escritores utilizaron herramientas: diccionarios, bibliotecas, fichas, máquinas de escribir, procesadores de texto, correctores y buscadores. También conversaron con amigos, colegas, especialistas y editores. La inteligencia artificial introduce algo parecido de forma diferente: reúne muchas de esas posibilidades y, además, con ella podemos dialogar.

Podemos escribir:

No reescribas este párrafo. Dime qué problemas encuentras.

 O:

Creo que este personaje es demasiado perfecto. Ayúdame a descubrir por qué.

O incluso:

Esta es mi posición. No me des la razón: busca los mejores argumentos para demostrar que puedo estar equivocado.

En estos casos, la IA no está escribiendo necesariamente por nosotros. Está participando en nuestro proceso de pensamiento. El esquema comienza a ser diferente:

(Autor → IA → Autor → IA → Autor … → texto)

La IA propone. El escritor acepta, rechaza, modifica, pregunta nuevamente, cambia de dirección. Aquí aparece una posibilidad que queda frecuentemente oculta entre los dos extremos del debate: la IA como interlocutora. Tal vez una de sus capacidades más interesantes para quien escribe no sea producir palabras, sino ayudarnos a pensar sobre nuestras propias palabras.

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Un ejemplo simple, sacado de mi propia experiencia.

Escribí un cuento breve, una enumeración de objetos sobre una mesa de cocina, y le pedí a una IA su opinión. En la conversación surgió una pregunta que yo mismo no me había hecho con claridad: ¿el lector podía imaginar a la persona detrás de esa mesa? La IA no me dio una respuesta cerrada. Me devolvió lo que un lector probablemente reconstruiría —edad, algún rasgo de carácter, cierto contexto— y también lo que el texto dejaba deliberadamente abierto, como el género de esa persona. Y me hizo la pregunta que me obligó a decidir: ¿quería un personaje concreto o una silueta que cualquier lector pudiera calzarse?

Elegí la silueta abierta. A partir de ahí, en las versiones siguientes, le pedí que revisara el texto puntualmente: una frase ambigua sobre una foto, una redundancia entre dos verbos casi iguales, la conveniencia de firmar o no el cuento con mi nombre —porque un nombre propio también revela género, y eso iba a contramano de la ambigüedad que yo había elegido—. En cada caso la IA señaló el problema; yo decidí cómo resolverlo, y en más de una ocasión terminé optando por una solución distinta a la que ella había sugerido.

Nada de esto lo escribió la IA por mí. Corrigió detalles, sí, pero sobre todo funcionó como una lectora atenta que me devolvía lo que el texto decía sin que yo terminara de saberlo, dejando la decisión última —qué clase de personaje quería construir— enteramente de mi lado.

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Cuando una buena respuesta se convierte en un peligro

Precisamente aquí aparece una paradoja. La inteligencia artificial puede producir en segundos un texto ordenado, correcto, fluido y aparentemente terminado. Eso resulta extraordinariamente cómodo. Y también puede resultar intimidante.

Frente a un borrador propio, lleno de tachaduras, dudas y frases imperfectas, el escritor se siente autorizado a modificarlo todo. Frente a una página perfectamente organizada por una IA, puede ocurrir lo contrario:

«Está mejor escrito de lo que podría hacerlo yo. ¿Para qué tocarlo?»

Entonces la herramienta que debía asistir al escritor comienza a desplazarlo, no necesariamente porque haya escrito el texto, sino porque la calidad formal de su respuesta desalienta la intervención humana. El escritor corre el riesgo de pasar de autor a un mero aprobador.

Hay, además, otro peligro. Una idea expresada con claridad y seguridad parece más verdadera que la misma idea expresada con dudas. Pero escribir bien y tener razón son cosas diferentes. Una IA puede presentar elegantemente una interpretación discutible, ordenar impecablemente un razonamiento equivocado o proporcionar una respuesta convincente sobre algo que no conoce suficientemente.

El riesgo, por lo tanto, no consiste solamente en permitir que la IA escriba por nosotros.

Puede ser más profundo: podemos terminar permitiendo que piense por nosotros.

Por eso, aprender a utilizar inteligencia artificial exige una capacidad aparentemente contradictoria: hay que aprender también a desconfiar de una buena respuesta.

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Entonces, ¿quién es el autor?

Llegamos inevitablemente a la pregunta inicial. Quizá la autoría no pueda medirse contando palabras humanas y palabras generadas por una máquina. Habría que ver quién decidió qué quería decir, qué alternativas rechazó, qué estructura eligió, por qué modificó un personaje, qué observaciones aceptó y cuáles descartó y, finalmente, quién determinó que aquella era la obra que quería presentar.

Podríamos hacer una prueba sencilla. Preguntarle al autor: ¿Por qué este texto es así y no de otra manera?

Si puede explicar sus decisiones, sus dudas, los caminos abandonados, aquello que aceptó y aquello que rechazó, existe una cadena de decisiones autorales. Aparece la persona que escribe. Sí, solo puede responder: Porque eso fue lo que me dio la IA. Estamos ante otra situación.

De allí surgen dos reglas posibles:

Delegar tareas, no delegar el criterio.

Y:

Utilizar bien una IA también significa saber contradecirla.

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¿Y usted cómo utiliza la IA?

Quizás una manera de comprender mejor este territorio sea observar diferentes actitudes de quienes escriben. No se trata de una clasificación científica ni de una escala en la que necesariamente haya que avanzar de una posición a otra. Son perfiles que incluso pueden combinarse en una misma persona.

Podríamos encontrar:

El refractario. Prefiere no utilizar IA, sea por principios, desconfianza, desconocimiento o porque considera que determinadas tareas deben permanecer íntegramente humanas.

El corrector. La utiliza como una herramienta auxiliar: ortografía, gramática, puntuación, sinónimos, títulos, formato y otras tareas menores o periféricas. El contenido permanece esencialmente fuera de su intervención.

El asistente. Amplía el campo de utilización: investigación, resúmenes, organización, estructuras, documentación y revisión. La IA ayuda, pero el autor conserva claramente la producción del texto.

El interlocutor. Conversa con la IA. Discute ideas, somete argumentos a crítica, explora personajes, busca alternativas y utiliza la respuesta para continuar pensando. La interacción adquiere un carácter iterativo.

El colaborador. Permite además que la IA produzca materiales textuales: alternativas de párrafos, diálogos, escenas, descripciones o primeros borradores que posteriormente selecciona, modifica o reescribe.

El delegador. Entrega a la IA una parte sustancial de la producción y acepta sus resultados con una intervención humana relativamente reducida.

Ninguno de estos nombres pretende establecer una taxonomía definitiva. Tampoco representan necesariamente una evolución. Un interlocutor no tiene por qué convertirse en colaborador y un colaborador no está avanzando necesariamente hacia la delegación. Incluso podemos comportarnos de manera diferente según aquello que estemos escribiendo o en diferentes etapas del proceso.

La pregunta interesante no es cuál de estos usuarios es «mejor». Es otra:

¿Dónde estoy yo y por qué he elegido estar allí?

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Los difíciles grises

¿Es igual utilizar IA para escribir poesía que para preparar un ensayo? ¿Qué ocurre con una autobiografía, donde la experiencia personal constituye la materia misma de la obra? ¿Cuándo corresponde informar al lector que fue utilizada?

Son preguntas abiertas, y quizá sea bueno que lo sean: nos obligan a abandonar la comodidad de las respuestas binarias.

La discusión probablemente no sea IA sí o IA no. La pregunta interesante podría ser:

¿Para qué quiero escribir, qué quiero escribir y qué lugar quiero darle a la inteligencia artificial

en ese proceso?

Responderla exige conocer la herramienta, pero también conocernos como escritores.

La inteligencia artificial puede corregir, investigar, organizar, proponer, criticar, discutir y escribir. Que pueda hacerlo no significa que necesariamente debamos pedirle que lo haga. Entre rechazarla y entregarle la escritura existe un territorio amplio, complejo y cambiante. Es el territorio de los grises. Y quizá aprender a recorrerlo sea uno de los nuevos aprendizajes del escritor.

¿Y usted, dónde se ubica hoy en ese territorio?


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