Mi abuelo aseguraba haber leído el pensamiento en un libro llamado “El mundo de Elena”. Cuando alguien insistía, sonreía con esa paciencia que le habían dado los años.
—Quizá soñé haber leído la frase en ese libro —respondía—. A mi edad se me confunden los datos.
Pero agregaba haberla leído durante un viaje a Europa, en una pequeña biblioteca de Praga. Estaba atendida por una mujer a la que le costaba levantar la vista del escritorio y que manejaba un inglés tan pobre como el suyo. Era un diálogo de sordos en la ciudad más hermosa que conocía.
Lo único que conservaba era el sentido, no las palabras exactas; decía que se le habían borrado hacía tiempo.
Afirmaba que “hay hombres que pasan toda la vida acompañados por dos criaturas que ellos mismos fabrican”.
Nunca explicó la idea y el paraqué de la frase. Cuando yo insistía, contestaba siempre lo mismo:
—El libro no lo terminé de leer.
Años más tarde busqué el libro, también la biblioteca. Fue inútil: la vieja biografía de Elena Heinrich, publicada en 1923, estaba agotada, y en Praga había demasiadas bibliotecas. Para mí, el texto nunca existió. O quizás había demasiadas bibliotecas en la vida del abuelo. Con el tiempo dejé de buscar y mi vida siguió su curso.
Tenía cincuenta y seis años, un trabajo respetable, un puñado de amigos que podía contar con los dedos de una mano y algunas pérdidas, como cualquier hombre de mi edad. Había empezado a mirar más por el espejo retrovisor que por el parabrisas, cuando conocí a Clara en un ciclo de conferencias. No piensen en nada raro: es una amiga de fierro con la que sigo escribiéndome. Conversábamos al terminar el día, caminábamos unas cuadras antes de despedirnos y, al encuentro siguiente, retomábamos donde habíamos dejado la charla. Hablábamos de libros, de ciudades, de música —a los dos nos gustaba escuchar las sinfonías de Beethoven dirigidas por Karajan o por Gardiner. De nosotros, nunca.
Una tarde, con el café ya helado, ella me preguntó:
—¿Te diste cuenta de que cambias mucho cuando hablas con otras personas?
Le respondí con una frase ingeniosa. Ella sonrió, pero no era la sonrisa lo que buscaba.
—No te pregunté eso.
Me quedé callado. Después de unos segundos, agregó:
—A veces tengo la impresión de que cuando terminas una frase, ya no sos exactamente el mismo que la empezó.
Reímos y hablamos de otra cosa. Pero esa noche, mientras cenaba con unos amigos, la pregunta seguía ahí, dando vueltas, como algo que uno traga sin masticar.
Comí y tomé de más. Fue inevitable: por la noche, soñé. Uno de esos sueños que a la mañana siguiente siguen presentes, enteros. Les cuento.
Entré en una habitación desnuda, de paredes blancas y techo negro. Había tres sillas y dos hombres. La tercera silla estaba vacía. Ninguno de los dos pareció sorprendido de verme.
El primero se acercó con naturalidad.
—Llegas tarde —dijo, mirando la hora.
Su reloj asomaba bajo el puño, no como vanidad, sino como una confirmación: el tiempo le obedecía. Mientras yo hablaba, él ya había calculado cuánto costaban mis zapatos.
El segundo permaneció sentado.
—No importa —dijo, con voz serena—. Siempre terminas viniendo.
Vestía una chaqueta gastada de excelente paño y camisa sin corbata. Tenía las manos de quien ha escrito. Levantó la vista con una calma que no buscaba sorprender a nadie.
Ninguno de los dos fingía. Ninguno explicó quién era. Tampoco hacía falta.
El primero hablaba con soltura —sabía agradar sin exagerar, disentir sin ofender, despertar admiración sin pedirla.
—Si me hubieras dejado actuar a mí, habríamos llegado mucho más lejos —dijo.
El segundo, que al ser escuchado provocaba una sensación de alivio, le respondió.
—Si te hubiera dejado actuar a vos, hoy seríamos todos unos miserables.
Entonces sentí que un verdugo me ponía una soga en el cuello. Me ahogaba. En la pesadilla que vivía, grité pidiendo clemencia, pedí que me sacaran la horca. Traté de arrancarla con las manos y no había nada ahí. Ellos seguían mirando, riendo, y pasó un tiempo imposible de medir. Me atreví a preguntar:
—¿Por qué estoy acá? ¿Quiero irme? No soy culpable.
—Sos culpable de no responder. Ella te hizo una pregunta que nosotros no pudimos contestar.
—¿Quién?
Los dos me miraron como si la respuesta fuera evidente. No insistí. Pero algo en esa pregunta tenía el mismo peso que el café helado de aquella tarde.
Entonces empezaron a hablar de mi vida. No la recordaban: la poseían. Relataron conversaciones que yo había olvidado, decisiones que apenas conservaba en la memoria, palabras dichas décadas atrás.
Golpearon la puerta. Los dos callaron y esperaron, con los ojos puestos en la tercera silla.
—Adelante —dijo uno de ellos.
La puerta empezó a abrirse, despacio.
Me desperté sobresaltado, antes de saber quién era. Todavía era temprano: las seis de la mañana. Me quedé un rato sentado en la cama.
No recuerdo el rostro de ninguno de los dos hombres del sueño. Pero estoy seguro de una cosa: sigue viva en mí la curiosidad de saber quién iba a sentarse en la tercera silla.

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