Fuera de Tiempo, un cuento para profesionales
“No es que no puedan ver la solución. Es que no pueden ver el problema.”
Gilbert K. Chesterton
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Había veinte personas. La capacidad del auditorio era para cuarenta.
Dejó el saco sobre la silla —era el de siempre; de color marrón, con los codos gastados y una camisa con corbata de seda—, acomodó unos papeles en el escritorio sobre la tarima y empezó sin preámbulos.
—Tengan Uds. una buena tarde. El papel de la seguridad jurídica es la clave en…
Algunas cabezas se levantaron con atención. Otras seguían mirando su celular. Otros individuos observaban desde la puerta, pero no tomaban la decisión de ingresar a la sala.
—Podemos discutir métodos —continuó—, pero el fondo siempre es el mismo.
Siguió con el tema y en un punto de la charla dijo:
—Porque si todo es relativo y depende de cómo cada uno mire…
Se hizo un silencio, dando lugar a que alguien dijera en voz alta desde el fondo:
—¿Sin diferencias de opinión? No hay desafío. Tampoco interés.
Él sonrió.
—No —dijo—. Existen leyes que apoyan lo que estoy diciendo; menciono cada uno de los números de las leyes —y continúo.
Habló de límites, de orden, de la necesidad de que cada parcela esté claramente definida, con una seguridad que no dependa de interpretaciones.
Una voz de una profesional mujer se oyó: “Esas son legislaciones de hace más de 20 años. Hay problemas más urgentes… La expansión de las ciudades, la falta de planificación, el clima…”
—Esto es importante —dijo la mujer, con cuidado—. Pero usted llega con su mensaje tarde o temprano. No sé bien.
La frase no fue agresiva. Fue precisa.
Él respondió sin dudar:
—Sin bases legales firmes, nada se sostiene.
Pero mientras lo decía, por primera vez, sus palabras no sonaron como respuesta… Sonaron distintas.
Cuando terminó, hubo aplausos cortos, de circunstancia. Guardó sus papeles.
Nadie de los asistentes lo interpeló al bajar de la tarima.
Un viejo colega y amigo se le acercó y le dijo:
—Te están escuchando menos.
—Puede ser —le contestó.
—Antes resolvías cosas. Marcabas el camino.
—Lo sigo haciendo.
—Sí, pero ahora la gente no está interesada. Lo tuyo sigue siendo importante —agregó el colega—. Sin embargo, no alcanza, no convoca.
Él lo miró un momento.
—Alcanzó durante muchos años y de eso vivimos. La burocracia administrativa y las regulaciones siguen vigentes y —por suerte— están de nuestro lado.
El otro asintió, y agregó:
—Sí. Eso es cierto.
No agregaron nada más.
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—¿Cómo te fue? —le preguntó su hija esa noche.
—Bien. Había menos gente. Jugaba Boca.
—¿Y qué contaste?
—Lo de siempre. Mis temas legales.
Ella sonrió apenas.
—Ahí está el problema…
Él la miró.
—¿Cuál problema?
—Que ahora todo cambia. Las instituciones no dan las respuestas que se buscan. El tema de la corrupción.
—Eso creen ustedes, los jóvenes.
—No es creer —dijo ella—. Es lo que vemos.
—¿Qué ves vos? —contestó él.
Ella dudó.
—Barrios que aparecen de golpe. Ocupaciones ilegales en lugares peligrosos por inundaciones. El problema de servicios como el agua. Hay cartografía, imágenes satelitales y mapas que se actualizan solos… sobra información, pero sin interpretación. Los gobiernos las ignoran.
—Siempre hubo ignorancia.
—Sí. Pero antes se podía resolver después. Ahora, si no se piensa previamente, ya es tarde.
—Vos trabajás para que cada parte esté bien definida, registrada —agregó ella—. Pero el problema es el conjunto. Hay barrios enteros que aparecen en una noche. Sin agua, sin límites, sin nombre en ningún mapa. ¿Dónde entra lo tuyo ahí?
Él frunció el ceño.
—Eso siempre fue así.
—No tan rápido. El clima, la tecnología… todo cambia de un día para el otro.
Él sonrió y no dijo nada.
Ella lo miró distinto y dijo:
—Capaz que hace falta otra cosa. Mirar la realidad. Estar abiertos a escuchar. Lo tuyo es importante, no lo dudo, pero…
El asintió y cerró la conversación con un gesto.
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Durante meses estuvo escribiendo un libro. Escribía sobre los temas que había tratado durante años. No agregaba ideas. Justificaba las de siempre. Las completaba, las cerraba y aplicaba normas estrictas de redacción sobre las frases.
Sabía de lo que hablaba: defendía la seguridad jurídica, la necesidad de claridad en la definición de cada parcela en el terreno.
—Esto tiene que quedar —murmuraba cuando escribía.
Después de dos años logró publicarlo. Los libros llegaron en una caja muy prolija. La abrió con cuidado. Emocionado. Sacó un ejemplar y pasó las hojas despacio. Todo estaba ahí: claro, firme, alineado. Las citas en el formato correcto.
—Está bien —dijo y comenzó su distribución.
Los primeros días revisó el correo viendo el comportamiento de las ventas. Se habían vendido dos.
Una tarde entró a la página del sitio donde se comercializaba el libro, el número de ejemplares vendidos era el mismo y encontró dos comentarios de lectores.
“Interesante, aunque rígido.”
«No dialoga con los problemas actuales.”
Apagó la computadora. Se quedó un rato mirando la pantalla. Se quedó mirando su propio reflejo, fantasmal, borroso, sobre el vidrio gris.
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—¿Quiénes son tus lectores? —preguntó su hija en un momento.
—Los jóvenes profesionales y los estudiantes.
—¿Vos lo estás leyendo, lo leíste? —le preguntó a su hija inquisitoriamente.
—Lo estuve viendo.
—¿Y?
—Es claro. Pero…
—Pero… pero qué…
—No sé si la gente está buscando eso.
—La gente no sabe lo que quiere.
—Puede ser. Aun así, elige. Además… parece un manual de instrucciones.
—¿Un manual?
—Sí. Un manual legislativo.
Él frunció el ceño.
—Está ordenado.
—Sí, ordenado está.
Esa noche abrió el libro. Leyó un párrafo. Después, otro. Todo estaba ahí.
Luego de unos minutos, tomó un papel e intentó escribir algo distinto. El papel quedó en blanco.
Todo lo que sabía ya estaba dicho en el libro, y no había nada fuera de eso.
Y entendió —sin decirlo— que no era solo un libro. Era el lugar en el que había quedado con la seguridad de siempre. Afuera, la intemperie.
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Nota: El autor agradece la asistencia de herramientas de IA (Claude y ChatGPT) en la investigación y elaboración de este texto.

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